Migrantes

cigüeña

Fotografía: Héctor Garrido Guil

Mayo es un mes lleno de efemérides internacionales, y entre ellas está el Día Internacional de las Aves Migrantes. Para nosotros esta fecha es bastante significativa, especialmente por el gran número de amigos que tenemos que son unos apasionados de las aves.

Paco Parreño es uno de estos amantes de las aves. Es un gran entendido de este mundo, porque para él son una parte de su vida, y de su trabajo. De forma que, cuando conversas con Paco sobre los pájaros llegas a comprender muchas cosas:

Dos momentos con aves migrantes

Han sido muchos los momentos gratos que las aves me han dado a lo largo de la vida. Así son ellas de generosas. Aunque también, fugaces, ingrávidas, huidizas, dibujadas en el cielo y de paso. Y éstas, las de paso, grabaron en mi mente dos de aquellos que bien merecen ser compartidos, por si alguien más puede disfrutarlos.

Uno de ellos fue un septiembre, en el estrecho de Gibraltar. Bernis y Valverde, dos prestigiosos ornitólogos, me dieron la oportunidad de contar a los 17 años las aves que pasaban por los puertos del Bujeo y del Cabrito, cerca de Tarifa. Miles de aves pasaron esos días por aquellos puertos. Para mí, ver los puntos en el cielo que se aproximaban poco a poco, e iban tomando color y silueta hasta dejar de ser incógnita, fue un regalo tras otro. Fue un continuo lagrimeo provocado por el viento y el ansia de mirar, y un repetido “roba-suspiros” que me llevaba de norte a sur. Balanceos, planeos, aleteos, titubeos de dirección, picados, peleas contra el viento. Eso hacen las aves migrantes en el estrecho. Eso es la migración.

El otro momento fue un diciembre, en Sierra Morena. Cerca de El Mustio (Aroche-Huelva) había un dormidero de palomas donde unen sus aguas los barrancos de Garganta y Aserrador. Las torcaces europeas invernantes, que llenaban durante el día su buche con bellotas de España y Portugal, hacían la digestión allí, al abrigo de los eucaliptos. Al atardecer de cualquier día se podían observar decenas de bandos aproximándose desde los puntos del horizonte hacia esa zona. Hasta aquí todo normal. Pero una tarde, y aquí vino la excepción, los bandos no fueron bandos, sino que todos fueron uno, y ese uno hizo a la tarde rosa. Los rayos del sol al atardecer dan al cielo un especial tono violeta que nos es fácil de ver en otros lugares, pero esa tarde se hizo rosa mientras la luz decadente se reflejaba en los buches del gigantesco bando de palomas. No se decir cuantos cientos de miles de torcaces tiñeron el cielo a su paso hacia el dormidero, lo que si puedo decir, es que aquel espectáculo natural de otear todo el horizonte y no percibir hueco sin paloma, duró exactamente diez minutos por el reloj. Ese atardecer iba con el que es para mí unos de los mejores fotógrafos de naturaleza de Andalucía, Antonio Camoyán. Pienso que los dos recibimos esa tarde el “ bautizo rosa de Sierra Morena”.

Francisco Fernández Parreño

DIA_BOSQUES

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