Tornados y peonías

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Peonía Paeonia broteroi. Fotografía: José Ramón Guzmán Álvarez

El tornado cruzó la sierra rasgando el paisaje del mismo modo que lo hubiera hecho una procesión de diplodocus famélicos. Los pinos fueron derrotados en cuestión de segundos, tronchado sus fustes como lanzas de caballeros andantes estampados contra un ejército de molinos gigantes. Fue un instante de renovación natural en la sierra, desatadas las fuerzas de la naturaleza de un modo azaroso e implacable.

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Ermita vieja, sierra de Dílar (Granada), área afectada por el tornado de mayo de 2015. Fotografía: José Ramón Guzmán Álvarez

Meses después, los piñones habían germinado. Jaras y romero pugnaban en verdor pese a las escasas lluvias. La zahareña, despistada por los calores otoñales, florecía para gusto de las abejas. El paisaje comenzaba a cicatrizar.

Antonio, el guarda, se detuvo un momento.

– Esperad – dijo sin palabras, doblando el gesto al agacharse junto a un tocón de un pino derribado.

Una a una fue recogiendo las semillas azabache dispuestas pulcramente ordenadas en el joyero de fieltro que es el fruto de la peonía.

– Otro día las pondré en un sitio bueno. Es que cada vez se ven menos.

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Antonio recogiendo frutos de peonía. Fotografía: José Ramón Guzmán Álvarez

Acaso sea cierto y haya menos. O quizás sea solamente que, como dice Antonio sin querer, las vemos menos. Porque para ver hace falta estar, para contemplar hay que llegar, encontrar, ser sorprendidos.

Como nos sorprende la rosa deslumbrante y hermosa que es la peonía. Una flor inusitadamente enorme en nuestros montes, acostumbrados a la humildad del tomillo o la pequeñez de las orquídeas. La fascinante peonía, que se abre como una copa lujuriosa de estambres embriagadores, disfrute superlativo de todos los abejorros del orbe.

Cuando la peonía madura sus frutos, lo hace engalanada con nuevos colores. Llama de nuevo la atención, esta vez para que sus frutos sean dispersados y pueda decorar nuevos parajes. Para bien de las peonías, y nuestro propio goce futuro, Antonio cayó en la trampa de los encantos de esta flor tan presumida.

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Frutos de peonía. Fotografía: José Ramón Guzmán Álvarez

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