Pastoreo en espacios naturales protegidos de Andalucía

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Ovejas segureñas en Campos de Hernan Perea-Santiago, Pontones

El paisaje de muchos de nuestros espacios naturales protegidos está modelado por el ganado. Una actividad secular que forma parte de nuestra cultura y de nuestras señas de identidad. De hecho, gran parte de la superficie de pastos de Andalucía está ubicada en territorios pertenecientes a la Red Natura 2000, que son aprovechados por una ganadería extensiva que realiza su actividad en un territorio de gran valor ambiental.

Los pastos son alimento para las ovejas, las cabras, las vacas, los caballos o los burros. Son también comunidades vegetales y especies botánicas, algunas de enorme interés y singularidad: de hecho, para algunas de estas especies y comunidades la actividad del ganado es esencial para su existencia… ¡están tan adaptadas a recibir la visita ocasional de los rebaños que sin su presencia no pueden desarrollarse y llegan a desaparecer!

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De manera, que no es de extrañar que cuando hemos identificado los espacios naturales que demandan una mayor atención por su estado de conservación y hemos dado forma a la Red Natura 2000, la vegetación que define a muchos de estos espacios responda, de un modo u otro, al concepto de pasto, de hierba consumida a diente por el ganado.

Nos ocurre a menudo, que ponemos nombres que echan un poco para atrás a los que no están en el asunto. El lugar de interés comunitario HIC 6160, por ejemplo, son los pastos orófilos mediterráneos de Festuca indigesta, o el HIC 6220, que llamamos pastizales mediterráneos basófilos y ombrófilos, de media y alta montaña. Nombres que resultan un poquito indigestos, con los suaves que son los brotes del pasto tiernos. Menos mal que a veces somos menos sofisticados y nombramos a las cosas de una forma más clara y directa, más parecida a lo que siempre han sido, como los majadales o los borreguiles, que también son HIC, lugares de interés comunitario de la Directiva Hábitat.

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En los parques naturales custodiamos la herencia de la naturaleza y de la actuación humana. Estos lugares nos enseñan la lección de que cuando actuamos bien, sin abusar del suelo, ni de la vegetación, ni de la fauna, producimos resultados fantásticos sobre la naturaleza. Llegamos a soluciones de compromiso francamente buenas: aprovechamos los recursos y, en contrapartida, generamos nuevas oportunidades para la vida.

De eso saben mucho los pastores. Conocen su naturaleza como nadie: ¡si comparten con el campo buena parte de su vida! Quieren sus paisajes porque es el que conocen desde pequeños y el que les da el sustento. Y es cierto que a veces, de resultas de la actuación de los animales, puedan darse lugar a efectos indeseados, o poco apropiados para la fauna o la flora. Quizás por descuido o por desconocimiento. Pero, como en cualquier otra actividad de la vida, eso se remedia con más conocimiento. Porque no hay nadie que lo sepa todo, ni nacemos aprendidos. Y son muchas las percepciones y sensibilidades con que miramos y tratamos a los paisajes. Y también son muchas las normas que tenemos. Por eso es tan importante compartir nuestra visión del territorio. La de quienes lo miran sobre todo pensando en su conservación, velando un poco por todos, para asegurar que lo que hoy tenemos siga entre nosotros en el futuro, y la de quienes lo utilizan en el presente, pero mirando también por su futuro.

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Pastoreo en espacios naturales

Es cierto que a veces se producen desencuentros. Que resulta sencillo tomar un caso más o menos anecdótico como norma. Que la mala fama se difunde más rápido y deja más huella que la buena o, simplemente, de la que pasa desapercibida por hacer las cosas normalmente. Los pastores también saben mucho de esto. Su día a día son muchas horas y dan para muchos kilómetros recorridos y para muchos careos.

Cuando el pastoreo se hace un parque natural, los ganaderos tienen que conocer lo que su regulación específica (el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales (PORN) y el Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG) considera en relación con la actividad del pastoreo. La mayor parte de las veces pensamos en estas normas como una obligación administrativa más que se suma a todas las normas, desde sanidad animal a ayudas europeas, que los ganaderos deben tener presente. Pero, aunque es cierto que estos documentos deben tener reglas que a veces pueden no ser de nuestro agrado, ¡cuánto de reconocimiento y de cuidado a la ganadería extensiva tienen! Porque reparan en el papel del ganado en la conservación de los paisajes que dan la seña de identidad a los espacios protegidos. Porque se preocupan por la difusión de la conservación de razas autóctonas o la ganadería ecológica. Porque alientan prácticas tan sensatas (aunque tan duras en el contexto en que vivimos) como la trashumancia. Porque proponen un modelo de uso ganadero respetuoso con la vegetación y con el medio ambiente. Porque tienen en cuenta el papel de los pastos en los montes públicos y la oportunidad que suponen para la economía local. ¡Todo esto está cada vez más presente en estos documentos que solemos mirar con cierto recelo!

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Lo que en realidad se persigue es lo mismo que cualquier buen pastor o pastora desea para sí, que el territorio de pastoreo sustente al rebaño todos los años. Que si acaso, vaya a más, nunca a menos. ¡Lo que no es tarea sencilla, teniendo en cuenta el clima que tenemos, que unos años viene mejor la hierba que otros!

En los documentos de los parques, a esto se le llama establecer “cargas ganaderas asumibles” en función de la capacidad de cada monte. A partir de información del territorio, se valoran las características productivas del medio, la existencia de otros aprovechamientos forestales, la presencia de especies silvestres cinegéticas y no cinegéticas, la existencia de zonas de reserva cinegética, la superficie de vegetación en regeneración y de protección del suelo y la presencia de flora o fauna protegida. Y eso permite disponer de una guía técnica para orientar la actividad ganadera extensiva teniendo presente la fauna, flora y paisajes que debemos conservar. Habrá casos en los que será aconsejable hacer alguna variación en el modo de pastoreo, o en el calendario, o en la carga ganadera. Pero en muchas ocasiones, estos estudios técnicos no supondrán ninguna recomendación de cambio, de hecho, es cada vez más frecuente echar en falta al ganado en el monte. Echarlo de menos porque este oficio es bien duro y no es atractivo, y hay menos rebaños, y entonces no hay quien realice la labor que hacían los animales modelando el paisaje.

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El beneficio del pastoreo extensivo en nuestros espacios naturales protegidos es mutuo, para la producción ganadera y para el medio ambiente: se generan productos alimenticios de gran calidad (jamón de cerdo ibérico, quesos diversos, embutidos, carnes de calidad certificada…); permite que continúe la actividad en zonas desfavorecidas y se preserva un gran valor etnográfico y etnológico al mismo tiempo que se mantienen ecosistemas de gran valor ecológico y ambiental como dehesas y pastos de montaña. Los animales aprovechan recursos aportando valor a rastrojos y barbechos, enriqueciendo el suelo con materia orgánica, y favorecen la dispersión de semillas de las plantas. ¡Llevan tanto tiempo conviviendo que a muchas especies les resultaría difícil mantenerse sin su presencia!

 

Hace años que en Andalucía el pastoreo ocupa un lugar muy importante en la conservación de la naturaleza. Consideramos que es una actividad importante por haberla comprendido, o al menos por haber sido receptivos a entenderla. No es tanto porque se mire a la profesión de pastor y a los rebaños con ojos urbanos, que suelen tender a la idealización. Si no porque se han reconocido los efectos que tiene el buen pastoreo sobre la naturaleza que tenemos el deber de conservar. Ahora los llamamos servicios de los ecosistemas o externalidades: seguir construyendo nuestros paisajes, formar parte de los ciclos de la vida, ayudarnos a prevenir los incendios forestales o estar simplemente en el terreno, dando alerta o aportando información sobre lo que allí ocurre.

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De manera que en este recorrido hemos estrechado nuestra relación para evitar que se use veneno y lograr que el quebrantahuesos vuelva a planear en nuestros cielos. Hemos trabajado juntos en la Red de Áreas Pasto Cortafuegos, la RAPCA. Participamos del proyecto común de formar a los pastores del futuro en la Escuela de Pastores. Nos sentimos orgullosos y un poco copartícipes de los quesos, los chivos o los corderos que son el resultado de esos pastos a los que ponemos nombres raros. Defendemos en común las vías pecuarias, las que todavía se utilizan y las que forman parte d eun legado único: una red de caminos públicos que son a la vez la mayor trama de infraestrucutra ecológica que pudiéramos haber soñado. El sapo partero bético, un pequeño sapito en peligro de extinción, sigue criando en los pilones de los abrevaderos; las lechuzas, las carracas y las golondrinas anidan en los apriscos.

Y si, no todo es favorable, y hay que seguir trabajando. Y habrá ocasiones en que saltarán las chispas, igual que ocurre con cualquier otra actividad de la vida. Pero también habrá otras muchas para compartir unas migas, o una parada en la jornada, o un silencio al mirar a nuestros paisajes comunes. Ojalá sepamos seguir encontrando estos momentos.

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